Neurociencia, ¿una aliada para mejorar la educación?
Esta disciplina permite conocer cómo intervienen los procesos neurobiológicos en el aprendizaje, para así diseñar mejores métodos de enseñanza y políticas educativas, según los expertos
18 febrero 2020
Esta disciplina permite conocer cómo intervienen los procesos neurobiológicos en el aprendizaje, para así diseñar mejores métodos de enseñanza y políticas educativas, según los expertos
Las investigaciones de la Neurociencia han cobrado cada vez más interés en el mundo docente, dado que esta disciplina permite dilucidar cómo aprende, recuerda y olvida el cerebro, procesos importantes en el proceso de enseñanza- aprendizaje, según expertos en la materia.
 
Los docentes también son conscientes de su relevancia. El 83,9% de los encuestados en un estudio del grupo de Investigación y Desarrollo Educativo Inclusivo (IDEI) de la Universidad de Málaga, sobre una muestra de más de 100 estudiantes de carreras docentes y profesores, piensa que la Neurociencia debe ser incluida en el currículo de la formación inicial, según ha informado María Jesús Luque Rojas, Doctora en Psicología especializada en Neurociencias y Psicobiología, en declaraciones a Educaweb.
 
Pero ¿qué es la Neurociencia y en qué se diferencia de la Neurociencia educativa y la Neurodidáctica? ¿Qué aporta esta disciplina a la educación? ¿Cómo pueden aplicarse sus hallazgos en el aula?
 
Neurociencia, Neurociencia educativa y Neurodidáctica: sus diferencias
 
La Neurociencia investiga el funcionamiento del sistema nervioso y en especial del cerebro, con el fin de acercarse a la comprensión de los mecanismos que regulan el control de las reacciones nerviosas y su comportamiento. Las investigaciones en esta área han revelado, por ejemplo, que la curiosidad y la emoción juegan un papel relevante en la adquisición de nuevos conocimientos.
 
Por su parte, la Neurociencia educativa es "una disciplina que pretende integrar los conocimientos neurocientíficos acerca de cómo funciona y aprende el cerebro en el ámbito educativo", explican Anna Carballo Márquez y Marta Portero Tresserra, psicólogas y doctoras en Neurociencias en su libro 10 ideas clave. Neurociencia y educación. Aportaciones para el aula (2018).
 
La Neurociencia aplicada a la educación o Neurociencia educativa es denominada también como Neuroeducación. No obstante, algunos investigadores en este ámbito prefieren evitar este último término.
 
La Neurociencia educativa "nos ayuda a saber cómo funciona el cerebro y cómo intervienen los procesos neurobiológicos en el aprendizaje, para favorecer que éste sea más eficaz y óptimo. La Neurodidáctica toma todo este conocimiento para aplicarlo didácticamente al aula", explica por su parte Anna Forés, Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación, profesora en la Universidad de Barcelona, en declaraciones a Educaweb.
 
¿Qué aporta la Neurociencia a la educación?
 
La Neurociencia educativa puede ayudar a los docentes a entender cómo aprenden sus alumnos y alumnas, así como "las relaciones que existen entre sus emociones y pensamientos, para poder así ejecutar la enseñanza de forma eficaz", añade Forés.
 
También aporta conocimientos acerca de "las bases neurales del aprendizaje, de la memoria, de las emociones y de muchas otras funciones cerebrales que son, día a día, estimuladas y fortalecidas en el aula", explica Luque Rojas, quien también es profesora en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga y de la Universidad Internacional de la Rioja.
 
Para la experta, la investigación desde la Neurociencia debe servir para ayudar a diseñar mejores métodos de enseñanza, currículos más ajustados y mejores políticas educativas. "Debemos conseguir que el aprendizaje sea más útil, más creativo, más rápido, más intenso, más ameno, y cada vez tenemos más información sobre cómo hacerlo", asegura.
 
Los hallazgos de la Neurociencia, como los que se mencionan a continuación, deberían tenerse más en cuenta en la práctica docente. Así lo indican el artículo Neurociencias y educación: una puerta abierta hacia el desarrollo humano, elaborado por la Asociación Educativa para el Desarrollo Humano, para la Organización de los Estados Americanos; como Jesús G. Guillén, autor del blog Escuela con Cerebro y profesor del Posgrado en Neuroeducación de la Universidad de Barcelona.
 
 
El cerebro tiene una capacidad de adaptación durante toda nuestra vida, conocida como plasticidad cerebral, responsable de que este órgano se remodele y adapte continuamente a partir de las experiencias que vivimos y de lo que aprendemos.
 
Aprendemos más y mejor en interacción y cooperación social porque el cerebro está diseñado para vivir y convivir en sociedad.
 
Un nivel alto de estrés provoca un impacto negativo en el aprendizaje.
 
Las emociones y el estado de ánimo afectan de manera positiva o negativas al cerebro y sus funciones.
 
Las experiencias directas y multisensoriales propician que las personas aprendan mejor.
 
Los ejercicios y el movimiento están conectados con el aprendizaje.
 
La música y el arte transforman el cerebro y favorecen una experiencia más efectiva de aprendizaje.
 
La capacidad del cerebro para guardar información es ilimitada y maleable.
 
Factores como la alimentación, la calidad del sueño, el entorno socioeconómico y cultural, las lesiones cerebrales, la genética y los aprendizajes previos consolidados ejercen influencia en el cerebro y por ende la manera que aprende.
 
El estrés, la tristeza, la soledad o una mala condición física pueden perjudicar el buen funcionamiento de la corteza prefrontal del cerebro, responsable de las llamadas funciones ejecutivas (control inhibitorio, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva), que son fundamentales para el desarrollo académico y personal del alumnado.
 
 
Cómo mejorar el proceso enseñanza-aprendizaje, según la Neurociencia
 
He aquí algunos consejos para mejorar el proceso enseñanza-aprendizaje que se basan en los hallazgos de la Neurociencia y que han sido mencionados por diferentes expertos:
 
1. Provocar emociones en el alumnado y despertar su atención
Se ha demostrado científicamente que la emoción es el motor del aprendizaje. No se consigue un conocimiento al memorizar, ni al repetirlo una y otra vez, sino al hacer, experimentar y, sobre todo, emocionarse. Por ello, los docentes deben emocionar a sus estudiantes en sus clases y despertar su atención y curiosidad, dado que sin ellas no hay aprendizaje. Un ejemplo sería que los docentes interrumpan su intervención en clase cada 15 minutos con anécdotas emotivas, acertijos, materiales audiovisuales, juegos, etc. que llamen la atención del alumnado.
 
"La atención es un recurso muy limitado que es imprescindible para que se dé el aprendizaje, por lo que puede resultar útil fraccionar el tiempo dedicado a la clase en bloques con los respectivos parones. En la práctica, queremos que el nivel de activación del estudiante sea el adecuado. Los extremos son perjudiciales, tanto el defecto (dormidos), como el exceso (ansiosos o sobreestimulados)", explica Guillén.
 
"Hay que tener en cuenta al alumnado y sus intereses. Favorecer su autonomía en el aprendizaje, que su trabajo tenga sentido pero que, sobre todo, ellos sean conscientes y lo reconozcan. Hay que trasladar e instaurar la premisa de emocionar para aprender", recomienda por su parte Luque Rojas.